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9 de mayo de 2009

El triunfo del capital

Es visible a simple vista el proceso de expansión del sistema capitalista: Mediante hambre y explotación se esclavizan y arruinan naciones enteras para facilitar de esta manera la conquista de nuevos territorios por parte del heraldo del capitalismo: EEUU. Todo el mundo conoce el proceso de “liberación” de estados por parte de los norteamericanos para, a continuación, implantar un estado títere fiel a los intereses de EEUU. País a país, el capitalismo se expande por el atlas instaurando partitocracias plutócratas leales al “Dios dinero”, creando una casta de políticos corruptos y banqueros usureros que traicionan los intereses de su propio pueblo en nombre de la libertad y la igualdad.

Sin embargo, oculto a la realidad sensorial, otra lucha se desencadena a nivel mundial dentro de cada individuo, una lucha de actitudes y voluntades, de resistencia y rebeldía ante lo impuesto, una batalla por salvaguardar los altos valores del vacío espiritual que conlleva el capitalismo. El auténtico triunfo del capitalismo no reside en imponer su progenie de traidores renegados, ni en hacer desfilar sus bastardos ejércitos por unas calles recién conquistadas, su triunfo tampoco reside en plagar nuestras calles con sus comercios multinacionales, ni en contaminar nuestras tierras con su polución; Su éxito reside en nuestra derrota interior, sólo cuando aceptemos su forma de vida y sus imposiciones habrán triunfado.

Nuestra resistencia reside en derrocar su bipartidismo, concienciarse contra este consumismo desmedido, abandonar la superficialidad de nuestros tiempos, rehuir de la especulación y la usura bancaria. Pero ante todo nuestra resistencia es de carácter constructivo, pues consiste en sustentar el pequeño comercio local, anteponer el transporte público al privado, concienciarse en la sostenibilidad, socializar los bienes de la nación, asegurar sanidad y educación para todos los ciudadanos, mantenerse fieles a los valores que se desvanecen ante la era del olvido que creó el capitalismo desde hace 200 años, ésta es nuestra resistencia: valores, actitudes, pasiones… no hay ambiciones materiales, ni de poder ni de prestigio, sólo verdad y voluntad, nada más que ofrecer.


Álex Martín Pesudo.

24 de abril de 2009

Elegidos

El levantamiento del 2 de mayo no fue un proceso casual, del mismo modo que tampoco lo fueron las revoluciones francesas y rusas que formularon alternativas al Antiguo Régimen. Asimismo el surgimiento de los fascismos supuso una reacción alérgica al internacionalismo capitalista y comunista.
Resulta ingenuo culpabilizar a Stalin, a Hitler o a Truman de los las muertes que pesan sobre sus espaldas, ellos más que nadie fueron marionetas, marionetas de su propio pueblo, el producto de la demanda social que se materializó en sus personas. La cosmovisión de un pueblo en una determinada época y contexto exige la aparición de figuras que encarnen los designios de dicha comunidad, y ante la falta de dichos individuos, el pueblo debe satisfacer su demanda con elementos facilitados por intervención foránea (véase el caso de la Francia del ´40 y Pétain)
Ningún sistema social ha conseguido perpetuarse en la historia sin el consentimiento o conformismo mayoritario de sus componentes, a pesar de la posible dogmatización o censura a la que someta el sistema, la voluntad del pueblo siempre se ha materializado de la mano de vanguardistas revolucionarios que exigen cambios sociales y ejercen de voz del grueso del pueblo.
Es fácil reconocer a un sistema en decadencia. Cuando éste sustituye su inercia constructiva por una postura defensiva que criminaliza toda alternativa, en este momento, nos hayamos ante un modelo sociopolítico caduco que no tiene más opción que esperar a los heraldos del Nuevo Orden. Sucedió con todas las estructuras políticas de la historia, todas ellas son síntoma de un momento y un contexto determinados que necesitan renovarse constantemente, evolucionar y adaptarse a las nuevas demandas sociales.
El capitalismo neoliberal morirá o mutará con toda su hipocresía y despotismo. De nada sirve su “dictadura de lo políticamente correcto”, su persecución a ideologías contrarias, pregonar su infame “paz” o silenciar pensamientos disidentes, de nada sirven sus mercenarios azules, su denigrante televisión o sus vendidos jueces. Cuando el pueblo exige, el sistema debe acatar. La indisciplina ante la cosmovisión de una comunidad no ha producido más que derramamiento de sangre, sea con siete muelles, guillotinas o Automát-Federovs. Sea por las urnas, por la crisis financiera u otros medios, este sistema (como cualquier otro) está predestinado a hallar su propio fin para –quizá y si la Providencia lo considera oportuno- resurgir de sus cenizas en un tiempo venidero adaptándose a las nuevas demandas.

Álex Martín Pesudo